Era un bello y cálido día a mitad de Septiembre, cielo azul – sol radiante y casi nada de viento.  Estando en el punto más alto del páramo, el panorama que  se extendía ante nosotros me hacía agradecer al señor haber nacido Norteño.

 

 Freya, mi perra Vizla húngara está atareada corriendo unas 30-40 yardas por delante, venteando por el suelo, ya que escondidos entre este mar de hierba blanca se encuentran bisbitas, alondras y la joya entre la corona, la perdiz gris.

    

Se necesita un perro de gran corazón para encontrar a estas aves de caza tan esquivas.  Se encuentran en los páramos, pero están distribuidas ampliamente y en números pequeños.  Freya ya sabe por sus experiencias en el pasado que tendrá que correr mucho y lanzarse ampliamente para encontrarlas.

 

 Tensa y esbelta sobre mi puño está “Marge” mi gavilana imprintada.  Está a la espera de la mínima indicación de movimiento. 

 

 Uno no puede esperar demasiado, antes de escuchar los sonidos repetitivos de la llamada de la bisbita ya que parece que casi se elevan desde la tierra hasta los cielos.

 

 En el primer lance, Marge sale en persecución.  Vuela fuerte, siguiendo cada giro de la bisbita que huye.  Ejecuta un giro en el aire y saca una pata en un intento para arrancar la bisbita del aire.  Esto no es exitoso, ya que la pérdida de velocidad y fuerza causada por esta maniobra permite que la

bisbita tenga el tiempo y la distancia suficiente para dirigirse hacia arriba y lejos, poniéndose a salvo.

 

 A unos 30 pies Marge pliega sus alas y abandona la persecución, volando en círculos por encima de nosotros, esperando aparecer al señuelo por debajo de ella.  No es necesario darse prisa, es simplemente maravilloso ver a esta pequeña ave vagamente esperando encima de nosotros.  Su plumaje está iluminado por la luz del sol contra el cielo azul y literalmente está tan bonita como un cuadro.

 

 Mientras tanto el leguaje corporal de Freya nos comunica que ha olido caza en algún lugar por delante.  Comienza a avanzar casi como una pantera, normalmente esto es un preludio a algún lance.  Da igual cuantos lances se vean en una vida, el siguiente siempre será igual de excitante.  Freya comienza a reducir la velocidad, y finalmente se detiene, rígida sobre un punto.

 

 Camino hacia delante del perro inmóvil, brazo extendido con Marge

arriba.  Acercándome a Freya, puedo verla respirar el aroma no solo a través de su nariz, pero también por su boca, como si estuviera probando su placer intoxicante.  Ese único paso demasiado cerca y entonces una explosión de alas zumbando – estamos entre un grupo de perdices grises.

 

 Marge, atendiendo a razones que sólo son conocidas por ella misma, cambia de un grupo a otro, selecciona su objetivo y se inmoviliza sobre el.

 

 Con sus alas bombeando furiosamente, el hueco entre el cazador y el cazado se cierra – finalmente los dos se convierten en uno y caen sobre un lecho de hierba blanca.  Rápidamente me giro para ver que Freya se ha sentando y para acercarme a ayudar a Marge despachar su premio.  Una vez asegurada, llamo a Freya para que disfrute del botín.  Esto es una parte muy importante, demasiadas veces se descuida en el ritual completo.  El perro debe saber exactamente sobre que trata la conclusión del procedimiento.

 

 

  Translated by:

 

                                                 Beatriz E. Candil and Guillermo Santalla

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